A pesar de Petro, Barranquilla será sede de la final de la Sudamericana 2026
En un país donde las decisiones nacionales suelen ir en contravía de las capacidades regionales, Barranquilla acaba de dar un golpe de autoridad. Contra todo pronóstico —y sin el respaldo del Gobierno Petro— la capital del Atlántico fue escogida por la Conmebol como sede de la final de la Copa Sudamericana 2026, uno de los eventos deportivos con mayor visibilidad en el continente.
El anuncio no cayó del cielo. Es el resultado de años de experiencia, infraestructura y gestión sostenida por parte de la ciudad y su sector privado, que hoy vuelven a poner a Barranquilla en conversación continental después de un periodo en el que el Ejecutivo le cerró las puertas a escenarios globales que ya estaban asegurados.
Los Juegos Panamericanos 2027 se perdieron no por falta de voluntad local, sino por el incumplimiento del Gobierno Nacional en un pago de apenas USD 8 millones acordado con Panam Sports. La Fórmula 1, que había avanzado a nivel técnico y despertado interés internacional, fue archivada sin una sola argumentación pública distinta a la indiferencia. Dos oportunidades estratégicas se evaporaron por decisiones políticas, no técnicas.
Ese es el contexto que hace que la decisión de la Conmebol tenga un peso que va más allá del fútbol. La final de la Sudamericana no es un partido: es una plataforma internacional de turismo, reputación, economía y proyección mediática. Sus cifras lo prueban. Las finales únicas del torneo movilizan entre 30.000 y 40.000 visitantes, disparan la ocupación hotelera a niveles del 85 % al 95 %, y generan entre USD 20 y USD 40 millones en impacto económico directo e indirecto para la ciudad anfitriona. Es, en términos estrictos, el tipo de evento que cualquier país que pretenda reemplazar los ingresos petroleros por turismo debería defender con uñas y dientes.
Pero ahí está la contradicción. El Gobierno Petro ha insistido en convertir el turismo en un pilar de la “nueva economía” y en la transición energética. Sin embargo, cuando tuvo la oportunidad de consolidar a Barranquilla como vitrina hemisférica, se retiró de la mesa. No defendió la sede Panamericana, no avanzó en la F1, y no ofreció garantías para preservar proyectos de impacto global.
Paradójicamente, hoy es un organismo internacional —y no el Estado colombiano— el que premia las capacidades de una ciudad que nunca dejó de estar lista.
Barranquilla recibe este anuncio sin euforia, pero con la claridad del que sabe que el trabajo habla por sí solo. La final de la Sudamericana 2026 devuelve a la ciudad el lugar que la política le negó.
A pesar del Gobierno, Barranquilla vuelve al mapa internacional.
Y esta vez, por mérito propio.
