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EDITORIAL

La narrativa que gana tiempo

Redacción Acento
Redacción Acento

Colombia atraviesa un momento que, a primera vista, desconcierta. Mientras el Gobierno pierde batallas institucionales —la emergencia económica es el ejemplo más reciente—, el proyecto político de Gustavo Petro no se desploma. Por el contrario, conserva oxígeno social, narrativa favorable y una base que no se retrae. La explicación no está en la eficacia de la política pública, sino en algo más profundo: la combinación entre percepción económica de corto plazo y una estrategia de confrontación cuidadosamente construida.

El Gobierno sabía que la emergencia económica difícilmente superaría el control constitucional. No fue un error de cálculo. Fue un movimiento que, aun perdiendo en el plano jurídico, le permitió reforzar un relato: el de un Ejecutivo bloqueado por las élites, las Cortes y el “establecimiento”. Primero fue el Congreso. Ahora son los jueces. El adversario cambia, la historia permanece.

Aquí es donde el análisis del exministro José Manuel Restrepo resulta clave para entender la paradoja. Restrepo describe la coyuntura como una “bipolaridad económica”: indicadores de corto plazo que transmiten estabilidad y una economía estructuralmente debilitada que se sigue deteriorando sin hacer ruido. Ambas cosas coexisten. Y esa coexistencia es el terreno fértil del relato oficial.

Los datos que alimentan la percepción positiva son reales. Crecimiento cercano al 3 %, desempleo alrededor del 8 %, mejora marginal en pobreza, dólar relativamente barato y una confianza del consumidor que cerró 2025 en 19,9 %. No son cifras menores. Tampoco son, en su mayoría, consecuencia directa de reformas estructurales del actual Gobierno. Pero juntas configuran una sensación de normalidad económica que neutraliza el discurso del colapso.

El problema —como advierte Restrepo— es la calidad de ese crecimiento. Cerca del 50 % proviene del aumento del gasto público y de la expansión de la administración estatal. La inversión privada, motor de productividad y empleo sostenible, está en su nivel más bajo en más de dos décadas. Más del 80 % del empleo reciente se concentra en el sector público o en trabajo por cuenta propia, una señal más de informalidad que de fortaleza laboral.

Sin embargo, estos matices no pesan en la conversación cotidiana. Para la mayoría de ciudadanos y para muchos empresarios —que en privado reconocen que 2025 no fue un mal año— la economía no “se siente mal”. Y en política, lo que se siente importa tanto como lo que es.

Mientras tanto, los problemas estructurales se acumulan. Deuda pública en máximos históricos, déficit fiscal creciente, riesgo de apagón energético hacia 2027 y una crisis humanitaria en el sistema de salud, donde el acceso a medicamentos y servicios se ha vuelto cada vez más precario. La deuda ha aumentado cerca de 400 billones de pesos desde 2022, mientras el PIB lo ha hecho a un ritmo muy inferior. Los TES superan tasas del 12 % y la deuda externa se encarece. Son señales que no se traducen aún en angustia social, pero sí en fragilidad futura.

La emergencia económica cayó porque no cumplía los criterios de excepcionalidad. Pero la caída no debilitó al Gobierno en el plano político. Al contrario, le permitió reforzar la idea de que “no lo dejan gobernar”, incluso cuando el faltante fiscal que buscaba cubrir —entre 11 y 16 billones— representaba menos del 2 % del presupuesto y podía abordarse con ajustes ordinarios.

Ese es el fondo del asunto. Petro no está ganando porque tenga razón en todo, sino porque sus contradictores no han logrado disputar el marco narrativo. La institucionalidad responde con argumentos técnicos; el Gobierno responde con emociones y antagonismos claros. En esa asimetría, la balanza se inclina.

Nada de esto es un cheque en blanco. La factura fiscal, energética y social llegará. Pero ignorar que hoy la narrativa le compra tiempo al Gobierno sería leer mal el país. La trampa no fue la emergencia. La trampa fue lograr que, incluso al perderla, el relato salga fortalecido.

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