Talio mortal: así se tejió el caso que conmociona a Colombia
Los ojos de la investigación se posan sobre Zulma Guzmán, quien es buscada en 180 países con boleta de la Interpol.
En el relato de Juan de Bedout hay una pausa que no aparece en las transcripciones judiciales. Es un silencio que se abre justo antes de pronunciar el nombre de su hija, como si decirlo fuera volver a esa mañana en la que la vio quejarse del estómago sin imaginar que la muerte ya había empezado su recorrido silencioso.
Ese silencio, como una grieta, es también el punto de partida de una de las investigaciones más desconcertantes que ha enfrentado la Fiscalía en los últimos años.
Todo comenzó con una pijamada. Una noche común en un apartamento del norte de Bogotá. Cuatro niñas riendo, compartiendo frambuesas que parecían un simple detalle. Veinticuatro horas después, el cuerpo de Inés se quebraba bajo síntomas que parecían de una gripa violenta. La noticia de que otras dos menores habían sido hospitalizadas por intoxicación hizo estallar todas las alarmas. Y cuando De Bedout, en medio del caos, mencionó que su esposa años atrás había sufrido dos envenenamientos por talio, la tragedia tomó forma. Esa palabra —talio— fue suficiente para que la investigación se abriera como una herida que conectaba muertes y fechas antes inconexas.
La Fiscalía no tardó en mirar hacia atrás. Hacia agosto de 2021, cuando Alicia Graham, esposa del empresario, murió oficialmente por cáncer. Pero la historia clínica tenía intermitencias que ahora cobraban un sentido siniestro. Alicia había sido intoxicada dos veces con talio: primero en plena pandemia, cuando se habló de un accidente doméstico; después, en un viaje a Europa, donde la recaída se mezcló con el deterioro propio de su enfermedad. Murió sin que nadie imaginara que quizás no había sido el cáncer quien la venció.

En esa línea temporal cargada de coincidencias apareció otro nombre: Zulma Guzmán. Una mujer que entró a la vida de De Bedout durante un congreso en Cartagena en 2018 y que, según él, se transformó en un “enredo” difícil de manejar.
Los mensajes de reproches, las insistencias, los rastros de una relación que él intentaba cortar, y un registro en cámaras que la muestra instalando un localizador en su carro. La historia personal se mezclaba con la policial con una precisión escalofriante.
Cuando las niñas murieron en abril, en el hilo conductor apareció un paquete. Un domiciliario, inicialmente sospechoso, describió el edificio donde recibió el encargo.
Las cámaras, los registros de mensajería y los testimonios fueron ensamblando la ruta de las frambuesas envenenadas. La Fiscalía identificó a Guzmán como la presunta responsable. Interpol se encargó del resto: circular roja, búsqueda en 180 países, rastreo de sus movimientos por Brasil, España, Reino Unido y finalmente Argentina, donde se le perdió el rastro.
La hipótesis de los investigadores es dura y directa, se trata de una venganza personal. Una obsesión que habría desbordado las fronteras de lo emocional para convertirse en un crimen metódico.
El abogado de la familia Bedout lo resumió con crudeza: Guzmán tenía acceso a personas capaces de ejecutar encargos sin dejar rastros visibles. Una venganza ejecutada como una operación logística.
Mientras tanto, el expediente crece. La Fiscalía, con un caudal probatorio que los abogados describen como “extraordinario”, prepara un ultimátum: diez días para que Guzmán se presente voluntariamente. Si no lo hace, el proceso continuará en su ausencia, una figura jurídica que permite avanzar sin la presencia física del acusado.
El caso avanza hacia un escenario donde la sospechosa podría enfrentar cargos sin haber regresado al país.
Al final, la historia tiene la estructura de un rompecabezas perverso: una pijamada, una relación rota, un metal casi invisible, una esposa muerta cuyos síntomas hoy parecen mensajes ignorados. Una mujer que desaparece saltando fronteras. Y dos niñas, Inés y Emilia, cuyos nombres quedaron atrapados en el expediente más doloroso que Bogotá ha tenido en años.
Mientras la justicia avanza, el silencio de Juan de Bedout sigue allí, incrustado entre sus palabras. Es el mismo silencio que acompaña a cualquier padre que ha tenido que repetir ante un investigador cómo fue que la muerte llegó envuelta en un pequeño paquete de frutas.
